La era de la especulación

V de Varoufakis: otra especulación es posible. Michel Feher

(…) Es indudable que los representantes de la izquierda auténtica no tienen buen recuerdo del periodo del capitalismo industrial, incluida la edad de oro con que terminó. Pero, al menos, era un tiempo en el que se sabía cómo oponerse, tanto a la patronal como a sus acólitos en la clase política. (…)

En esa época, el mercado de trabajo constituía el lugar por excelencia de los conflictos sociales y de la creación del valor económico. Del precio que se atribuía a la fuerza de trabajo dependía el reparto de la plusvalía entre asalariados y dividendos, de suerte que la capacidad de negociarlo al alza era fundamental para hacer que la economía capitalista fuera más igualitaria, por no decir para minar sus cimientos, puesto que, según Marx, la supervivencia del sistema pasaba por una explotación creciente de los trabajadores.

Pues bien, precisamente para escapar a esa suerte funesta, el capitalismo se reinventó a comienzos de los años ochenta. En efecto, en unos pocos años, su centro de gravedad se desplazó del mercado del trabajo, es decir, el lugar en el que la fuerza de trabajo se constituye en mercado, a los mercados financieros, es decir, el lugar en el que las iniciativas se convierten en activos. Dicho en otras palabras, a partir de entonces no son tanto los empresarios como los inversores quienes gobiernan. Los primeros siguen, sin duda, obteniendo beneficios, es decir apropiándose de una parte del producto superior a los gastos mediante la reducción de los costes laborales. Pero deben plegarse a las exigencias de los segundos, pues tienen la prerrogativa de conceder créditos, es decir, de seleccionar las empresas que merecen ser financiadas.

La izquierda no se ha recuperado de ese cambio de régimen, al menos hasta la reciente victoria de Syriza. Hay que precisar que, en los mercados financieros, el arte de la negociación, en el que los sindicatos han aprendido a brillar, es de poca utilidad. A diferencia de las mercancías que circulan en otros mercados –incluido el mercado laboral–, el valor de cambio de los títulos financieros no procede de la negociación entre compradores y vendedores, sino de la especulación de los inversores sobre su rentabilidad futura. Si obtener beneficios depende del mercadeo, son las apuestas las que determinan el crédito.

En consecuencia, para entrar en los mercados de capitales y así poder modificar las condiciones de los créditos –y en el caso que nos ocupa, para lograr que el bienestar de un pueblo se valore más que su disposición a desangrarse para reflotar el sistema bancario– se necesita la aparición de unos políticos capaces de especular por cuenta propia. Pues bien, en menos de dos semanas, Yanis Varoufakis, se ha impuesto como el primero de ellos. Porque a pesar de lo que afirman muchos de sus admiradores, el ministro de Finanzas del nuevo Gobierno griego no negocia: especula y, lo que es más, obliga a sus interlocutores a especular, a su vez, sobre sus intenciones. En lugar de mercadear sobre la reestructuración de la deuda griega, habla simultáneamente de la buena voluntad de cada uno y del riesgo de contravenir las normas. (…)

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