Yo vs Nosotros

Los amantes de la competencia abierta, por ejemplo, invocan a menudo la evolución. La palabra se deslizaba incluso en el infame discurso sobre la codicia pronunciado por Gordon Gekko, el despiadado directivo interpretado por Michael Douglas en la película de 1987 Wall Street:

La cuestión, señoras y señores, es que la «codicia» —a falta de una palabra mejor— es buena. La codicia es lo correcto. Funciona. Aclara, penetra y captura la esencia del espíritu evolutivo.  

¿El espíritu evolutivo? ¿Por qué las suposiciones acerca de nuestra biología siempre tienen connotaciones negativas? En las ciencias sociales, la naturaleza humana está tipificada. por el viejo proverbio hobbesiano «Homo homini lupus» (el hombre es un lobo para el hombre), una sentencia cuestionable sobre nuestra propia especie, basada en suposiciones falsas sobre otra especie. Así pues, un biólogo que explora la interacción entre sociedad y naturaleza humana no está haciendo nada nuevo. La única diferencia es que, en vez de intentar justificar un marco ideológico particular, el biólogo tiene un interés real en la naturaleza humana y su origen. ¿Se reduce el espíritu evolutivo a la codicia, como pretendía Gekko, o hay algo más?

Los estudiosos del derecho, la economía y la política carecen de herramientas para contemplar su propia sociedad con objetividad. ¿Con qué van a compararla? Raramente consultan, si es que lo hacen alguna vez, el vasto conocimiento del comportamiento humano acumulado por la antropología, la psicología, la biología o la neurología. En pocas palabras, lo que se deriva de estas disciplinas es que somos animales grupales: altamente cooperativos, sensibles a la injusticia, a veces beligerantes, pero principalmente amantes de la paz. Una sociedad que ignore estas tendencias no puede ser óptima. También es verdad que somos animales que se mueven por incentivos, que están pendientes de la jerarquía, el territorio y el sustento, así que cualquier sociedad que ignore estas tendencias tampoco puede ser óptima. Nuestra especie tiene una cara social y una cara egoísta. Pero, puesto que la segunda es la perspectiva dominante, al menos en Occidente, me centraré en la primera: el papel de la empatía y la conectividad social.

Hay en marcha una nueva e interesante investigación sobre los orígenes del altruismo y la equidad en nosotros y otros animales. Por ejemplo, si dos monos reciben recompensas enormemente dispares por la misma tarea, el que recibe menos simplemente rehúsa continuar ejecutándola. Los miembros de nuestra especie también rechazan las remuneraciones si estiman que su distribución es injusta. Puesto que cualquier remuneración es mejor que nada, esta conducta significa que ni los monos ni las personas aplican el principio del beneficio al pie de la letra. Al rebelarse contra la falta de equidad, su comportamiento es congruente tanto con la importancia de los incentivos como con un rechazo natural de la injusticia.

Sin embargo, en algunos aspectos parece que nos acercamos cada vez más a una sociedad carente de toda solidaridad, en la que a mucha gente no le cabe esperar sino un trozo ínfimo del pastel. Reconciliar esta tendencia con los viejos valores cristianos, como la ayuda a los enfermos y los pobres, puede parecer una empresa vana. Una estrategia corriente consiste en señalar con el dedo a las víctimas. Si a los pobres se les puede culpar de su pobreza, los demás quedan exculpados. Así, un año después del Katrina, Newt Gingrich, un eminente político conservador, reclamó una investigación sobre «el fracaso de la ciudadanía» por parte de la gente que no había conseguido escapar del huracán.

Los que ponen la libertad individual por encima de todo suelen contemplar los intereses colectivos como una idea romántica, algo propio de blandos y comunistas. Prefieren regirse por una lógica individualista. Por ejemplo, en vez de invertir dinero en diques para proteger toda una región, ¿por qué no dejar que cada uno se ocupe de su propia seguridad? Una nueva empresa de Florida está ofreciendo precisamente eso: el alquiler de plazas en aviones privados para escapar de los lugares amenazados por huracanes. De esta manera, los que puedan permitírselo no tendrán por qué conducir a diez kilómetros por hora junto con el resto del populacho para abandonar su ciudad.

(…)

Por tanto, no hay que creer a quienes dicen que, como la naturaleza se basa en la lucha por la vida, así es como tenemos que vivir. Muchos animales sobreviven no eliminándose unos a otros o acaparándolo todo para sí, sino a base de cooperar y compartir. Esto se aplica sobre todo a los cazadores en manada, como los lobos o las orcas, pero también a nuestros parientes más cercanos, los chimpancés. En un estudio realizado en el parque nacional de Taï, en Costa de Marfil, se observó que los chimpancés cuidaban de miembros del grupo heridos por leopardos: les lamían las heridas, se las limpiaban y espantaban las moscas que se posaban en ellas. Protegían a los compañeros heridos y se trasladaban más despacio para no dejarlos atrás. Todo esto tiene perfecto sentido, ya que los chimpancés viven en grupo por una razón, igual que los lobos y los seres humanos son animales grupales por una razón. Si el hombre es un lobo para el hombre, lo es en todos los sentidos, no sólo en los negativos. No estaríamos donde estamos hoy si nuestros ancestros hubieran sido socialmente distantes.

Lo que necesitamos es una revisión completa de las suposiciones sobre la naturaleza humana. Demasiados economistas y políticos modelan la sociedad humana sobre la base de la lucha perpetua que a su juicio existe en la naturaleza, pero que no es más que una proyección. Como los ilusionistas, primero meten sus prejuicios ideológicos en la chistera de la naturaleza y luego se los sacan de la oreja para mostrar lo mucho que nuestra naturaleza se ajusta a ellos. Es un truco que nos hemos tragado durante demasiado tiempo. Obviamente, la competencia forma parte del cuadro, pero las personas no pueden vivir sólo a fuerza de competencia

La edad de la empatía ¿Somos altruistas por naturaleza? Frans de Waal

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