La servidumbre voluntaria

Os invito a que leáis esta preclara y atemporal reflexión sobre la naturaleza de la tiranía: «Discurso sobre la servidumbre voluntaria o el Contra uno». Os dejo alguno de sus fragmentos, leedlos e intentad imaginar en que época fueron escritos:

Los pies con que pisotea vuestras ciudades, ¿no son también los vuestros? ¿Tiene poder sobre vosotros que no venga de vosotros mismos? ¿Cómo osaría agrediros si no tuviese vuestro consentimiento? ¿Qué mal podría haceros si no fueseis los encubridores del ladrón que os despoja, los cómplices del asesino que os mata, los traidores de vosotros mismos? Sembráis vuestros campos para que los devaste, amuebláis y llenáis vuestras casas para atraer sus pillajes, criáis vuestras hijas para que satisfaga su lujuria, alimentáis vuestros hijos para darle soldados, para que los lleve a la guerra, a la carnicería, para que haga de ellos los ministros de sus apetitos y los ejecutores de sus venganzas. Os agotáis en el esfuerzo para que pueda mimarse en sus delicias y revolcarse en sus sucios placeres. Os debilitáis para hacerle más fuerte y que os tenga, brutalmente, la brida más corta. Y de tantas indignidades, que ni las mismas bestias soportarían si las sintiesen, podríais liberaros si solo intentaseis, no digo sacudiros, sino pretenderlo. Resolveos a dejar de servir y seréis libres.

Los teatros, los juegos, las farsas, los espectáculos, los gladiadores, los animales exóticos, las medallas, las grandes exhibiciones y otras drogas eran para los pueblos antiguos los cebos de la servidumbre, el precio de su libertad, los instrumentos de la tiranía. Ese sistema, esa práctica, esos reclamos eran concebidos por los antiguos tiranos para embrutecer a sus súbditos y fortalecer el yugo. Los pueblos embrutecidos, entregados a esos pasatiempos y distraídos por un efímero placer que los deslumbraba, se acostumbraban así a servir tan neciamente (aunque peor) como a leer aprenden los niños pequeños con las imágenes iluminadas. (…)

Incluso los tiranos encontraban muy extraño que los hombres pudiesen soportar el que uno solo los maltratara. Iban con la religión por delante, a modo de escudo, y, de ser posible, se adjudicaban algún rasgo divino para dar mayor autoridad a sus viles actos (…)

Llego ahora a un punto que, creo, es el resorte y el secreto de la dominación, el sostén y el fundamento de la tiranía. El que creyera que son las alabardas y la vigilancia armada las que sostienen a los tiranos, se equivocarían bastante. Las utilizan, creo, más por una cuestión formal y para asustar que porque confíen en ellas. Los arqueros impiden, por supuesto, la entrada al palacio a los andrajosos y a los pobres, no a los que van armados y parecen decididos. Sería sin duda fácil contar cuántos emperadores romanos escaparon a algún peligro gracias a la ayuda de sus arqueros y los que fueron asesinados por sus propios guardias. Ni la caballería, ni la infantería constituyen la defensa del tirano. Cuesta creerlo, pero es cierto. Son cuatro o cinco los que sostienen al tirano, cuatro o cinco los que imponen por él la servidumbre en toda la nación. Siempre han sido cinco o seis los confidentes del tirano, los que se acercan a él por su propia voluntad, o son llamados por él, para convertirse en cómplices de sus crueldades, compañeros de sus placeres, rufianes de sus voluptuosidades y los que se reparten el botín de sus pillajes. Ellos son los que manipulan tan bien a su jefe que éste pasa a ser un hombre malo para la sociedad, no sólo debido a sus propias maldades, sino también a las de ellos. Estos seis tienen a seiscientos hombres bajo su poder, a los que manipulan y a quienes corrompen como han corrompido al tirano. Estos seiscientos tienen bajo su poder a seis mil, a quienes sitúan en cargos de cierta importancia, a quienes otorgan el gobierno de las provincias, o la administración del tesoro público, con el fin de favorecer su avaricia y su crueldad, de ponerla en práctica cuando convenga y de causar tantos males por todas partes que no puedan mover un dedo sin consultarlos, ni eludir las leyes y sus consecuencias sin recurrir a ellos. Extensa es la serie de aquéllos que siguen a éstos (…)

Étienne de La Boétie (1530-1563) «Discurso sobre la servidumbre voluntaria o el Contra uno» escrito a sus 18 años

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