Pescando impuestos

¿Impuestos? No, gracias (por K)

Hace unos meses, cuando todos éramos adictos al riesgo y nos acostábamos y levantábamos pensando en su prima, escribí sobre una de las asimetrías de este sistema nuestro que intenta conjugar el mundo real (las personas, la naturaleza; en definitiva: nuestras vidas) con el mundo virtual (el dinero). En aquella ocasión solté un rollo sobre una de las muchas rigideces del sistema, a saber, la distinta velocidad a la que evolucionan sus variables: por un lado el dinero, moviéndose a la velocidad de la luz, y por el otro nosotros, como siempre, andando. Como muestra de ello, hace unas semanas, un tuit (!) que hablaba de explosiones en la Casa Blanca que habían herido a Barack Obama, y que se envió desde la cuenta ‘hackeada’ de Associated Press, hizo que el Dow Jones cayera 144 puntos en 2 minutos (literalmente, entre las 10.07 y las 10.09 de la mañana). Es decir, en el tiempo que un parado entusiasta —quizás el último que quedaba— tardaba en imprimir su currículum, desaparecieron como por arte de birlibirloque unos cuantos cientos de miles de dólares.

Bien, hoy voy a enrollarme sobre otro aspecto de este mismo sistema, otra de las rigideces que lo hacen ineficiente para las personas o que, por decirlo de otra manera, lo hacen eficiente para el dinero. Esto es, para los que tienen el dinero y saben y pueden aprovecharse de dichas rigideces. Resulta que acabo de escuchar un interesante documental de la BBC sobre los mecanismos de evasión fiscal que utilizan las multinacionales y los costes ocultos —las pérdidas de recaudación— que suponen para los estados (en este caso hablan del Reino Unido, pero la misma idea valdría para la ‘vigorosa’ España).

En líneas generales lo que está sucediendo es que las multinacionales no registran sus beneficios en cada uno de los países en los que operan, sino que usan sociedades instrumentales para declarar unos beneficios irrisorios en estos países (cuyos impuestos de sociedades oscilan entre el 20% y el 30%), mientras que el grueso de los beneficios va a recaer finalmente en filiales de esas multinacionales registradas en países con un impuesto de sociedades del 0% (las islas Bermudas, Bahamas, las islas Caimán, etc.).  Evidentemente, el problema no es de las multinacionales, pues estas lo único que hacen es aprovecharse de lo que la legislación vigente les permite. Y no parten de premisas morales, claro, sino económicas. El problema es, de nuevo, que mientras que el dinero puede fluir con gran libertad y rapidez —puesto que solo necesita saltar de un ordenador a otro—, el desarrollo de nuevas políticas fiscales de dimensión internacional puede necesitar décadas (ya que requiere el acuerdo de un gran número de países con objetivos e intereses muy dispares). Entretanto, las empresas privadas se benefician de esta situación y los estados salen perdiendo. Es decir, el dinero fluye hacia los que tienen dinero (los accionistas propietarios de estas empresas) en vez de redistribuirse entre los [habitantes de los] estados donde dichas empresas operan.

Por hacer un símil que no captura la magnitud del desastre, es como si hubiera un enorme banco de peces [multinacionales] nadando en el océano, y los hombres [países] intentaran pescar estos peces, pero solo desde la orilla, cada uno desde su propia playa [su país, su legislación], y mirando con desconfianza al de la playa vecina, pues le quita parte de la pesca [recaudación]. Al final, tras un día de duro trabajo [año fiscal], estos pescadores sacarán una cantidad ridícula de pescado, mientras que el gran banco —de peces— sigue engordando. Algunos pescadores incluso pensarán en echar comida desde la playa para atraer más peces [bajar el impuesto de sociedades], y puede que pesquen un poco más, pero siempre a costa de invertir parte de su propia comida en esto. Además, estos peces del océano no tienen precisamente memoria de pez, sino que saben cómo son de grandes las redes [las políticas fiscales] y hasta dónde alcanzan, por lo que solo se aventuran a comer en la playa aquellos peces pequeños que luego pueden volver a salir por entre las redes. Ciertamente, uno podría pensar que esta es una forma poco eficiente de pescar y que, al final, tanta desconfianza y competencia entre los pescadores solo les perjudica a ellos y beneficia, en cambio, a los peces. Uno podría pensar también que quizás lo más práctico sería que los pescadores aunaran esfuerzos y salieran juntos a pescar, consiguiendo unas capturas suficientes para escapar del hambre y alimentarse con dignidad, pero no tan cuantiosas como para extinguir el gran banco. Sí, uno podría pensar que todo es, en realidad, tan fácil, que duele que no sea real. (…)

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