El concepto, su interpretación y la realidad

(…) Han tenido que pasar dos o tres milenios para que las sociedades cristianas y judías, que se confiesan seguidoras de la Biblia, empiecen a decirse que el “no matarás” podría aplicarse también a la pena de muerte; dentro de cien años se nos explicará que es obvio que ha de ser así. No cambian los textos, lo que cambia es nuestra mirada. Pero los textos no actúan sobre las realidades del mundo más que a través de nuestra mirada, que en cada época se fija en determinadas frases y pasa por otras sin verlas.

Por esta razón, a mi juicio no sirve de nada que nos preguntemos por “lo que realmente dice” el cristianismo, el islam o el marxismo. Si buscamos respuestas, y no sólo la confirmación de unos prejuicios, positivos o negativos, que ya están en nosotros, no es a la esencia de la doctrina a lo que hemos de atender, sino a los comportamientos de quienes a lo largo de la Historia se han considerado sus seguidores.

En su esencia, ¿es el cristianismo tolerante, respeta las libertades, se inclina hacia la democracia? Si formulamos así la pregunta, necesariamente tendremos que contestar “no”. Porque basta con consultar algunos libros de historia para comprobar que a lo largo de estos veinte siglos se ha torturado, se ha perseguido y se ha matado mucho en nombre de la religión, y que las más altas autoridades de la Iglesia, así como la aplastante mayoría de los creyentes, aceptaron el comercio de esclavos, el sometimiento de la mujer, las peores dictaduras o la Inquisición.  ¿Quiere ello decir que, en su esencia, el cristianismo es despótico, racista, retrógrado e intolerante? En absoluto, y basta con echar una mirada a nuestro alrededor para constatar que hoy sintoniza con la libertad de expresión, los derechos humanos y la democracia. ¿Hemos de sacar entonces la conclusión de que la esencia del cristianismo ha cambiado? ¿O, por el contrario, que el “espíritu democrático” que hoy lo anima estuvo oculto durante diecinueve siglos y no salió a la luz hasta mediados del siglo XX? Para entenderlo bien, es evidente que tendríamos que formularnos las preguntas de otra manera: ¿ha sido la democracia, a lo largo de la historia del mundo cristiano, una exigencia permanente? La respuesta es claramente “no”. Pero, pese a todo, ¿ha podido instaurarse la democracia en sociedades de tradición cristiana? En esta pregunta -que tenemos derecho a hacernos, con una formulación similar, con respecto al islam-, la respuesta no puede ser tan sucinta como en las anteriores, pero sí es de las que podemos tratar razonablemente de encontrar; me limitaré a decir en este punto que la instauración de una sociedad que respeta las libertades ha sido progresiva e incompleta si pensamos en la Historia progresiva e incompleta, y, si pensamos en la Historia en su conjunto, extraordinariamente tardía; que aunque las Iglesias han tomado nota de esa evolución, en general, más que provocar el cambio, lo han acompañado con más o menos reticencias; y que muchas veces el impulso de liberación ha venido de personas que se situaban fuera del marco del pensamiento religioso.

Es posible que estas últimas palabras les hayan gustado a quienes no llevan la religión en su corazón. Sin embargo, me siento obligado a recordarles que las peores calamidades del siglo XX en materia de despotismo, persecución, anulación de toda libertad y de toda la dignidad humana no son imputables al fanatismo religioso, sino a otros fanatismos muy distintos que se las daban de enemigos acérrimos de la religión -caso de estalinismo- o que le daban la espalda -caso del nazismo y de algunas otras doctrinas nacionalistas. Es verdad que a partir de los años setenta parece que el fanatismo religioso ha hecho lo indecible para acabar con ese déficit de horrores -y perdóneme el lector la expresión-; pero sigue teniendo un saldo negativo.

El siglo XX nos habrá enseñado que ninguna doctrina es por sí misma necesariamente liberadora: todas pueden caer en desviaciones, todas pueden pervertirse, todas tienen las manos manchadas de sangre: el comunismo, el liberalismo, el nacionalismo, todas las grandes religiones y hasta el laicismo. Nadie tiene el monopolio del fanatismo, y, a la inversa, nadie tiene tampoco el monopolio de lo humano.

Identidades asesinas. Amin Maalouf

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Historia, Pensar, Religión, Sistema. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s