“Le mal d’Afrique”

(c) Steve Bloom. Living Africa.

Y pretendía también comprender por qué aquellas regiones del “continente oscuro”, como lo llamó Stanley, habían poblado los sueños de tantos europeos, de tantos “hombres blancos”, durante casi dos siglos: saber qué esa obsesión que llaman “el mal de África” o “la llamada de África”, una especie de patológica ansiedad por regresar al continente después de haber vivido o viajado allí; quería buscar en el África Negra el sueño de los blancos: los sueños de aventura, de posesión, de riesgo, de exploración, de avaricia; los sueños de conquista, los literarios, y también el sueño de vagar sin rumbo por las grandes sabanas. (…)

Notaba mi piel impregnarse de sensaciones táctiles. El aire de África, parece tener dedos, te toca y te sensualiza. Tal vez ésa es la primera forma de penetración de “el mal de África” a través de la piel, como si el aire fuera una mano invisible capaz de acariciarte y apoderarse poco a poco de tu voluntad. A mí me sedujo de golpe, con una sensación parecida, de placer y de rechazo, a la que produce el primer pecado. Hay algo de pecaminoso en el amor a África, quizás porque no es racional en un principio, sino tan sólo sensual. La visión de la miseria de las gentes que caminaban a los lados de la carretera despertaba en mi ánimo, al mismo tiempo, piedad y rechazo; pero una atracción meramente animal tiraba de mí como un embudo, me cautivaba sin remedio.

El sueño de África. Javier Reverte

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