La conquista

No ha cesado la lluvia desde el atardecer de hace diez días. Es una lluvia persistente y ciega que ya ha anegado todo. Llueve de día y de noche: sin respirar, sin pausa, sin objetivo. Ellos se acuclillan impertérritos bajos las anchas hojas y se funden con el tiempo y el barro. Pueden pasar horas así, en silencio, con los ojos dormidos y el oído despierto. A veces se dicen algo y sonríen como una granada que se raja. Dura un segundo y ya retornan sus facciones de madera y mimbre.

No consigo dormir en estos días. El humor se me viene oxidando y se filtran unas gotas de miedo. Por la noche, tendido bajo esta techumbre que no detiene el agua, los siento: están ahí como la selva, en su duermevela salvaje e inhumano. Mi cuerpo yace pesado y doloroso: las articulaciones preñadas de agua, los huesos blandos, los músculos podridos. Y ellos respiran más fuerte que la lluvia, agachados e inmóviles. Puedo sentir sus ojos de cuchillo cortando las tinieblas a cada rato. Puedo sentirlos estirarse como un tigre para volver a encogerse como un murciélago. Y sé que no nos respetan. Hemos conseguido que nos teman, sí, con la magia de pólvora y caballos. Hemos clavado un dardo envenenado en sus conciencias sólidas. Caminan de otra forma ahora, conscientes de su sombra y de sus huellas. Pero es un miedo enraizado en el odio, un miedo de tarántulas.

Ayer, mientras comíamos, pude sentir la angustia de los nuestros. Cabizbajos, con las barbas empapadas sobre los cuencos de sopa turbia, se les nota temblar y no de frío. Sus ojos yerran esquivos y sus voces se quiebran huecas y gastadas. Hace dos meses llegamos fulgurantes y vivos. Hoy no somos más que un espectro frágil y enfermizo. Y nuestro miedo no está teñido de ira ni de odio, nuestro miedo es el miedo de un niño que está solo en una noche oscura. El miedo más terrible y más agudo. Veníamos a conquistar y fuimos conquistados. Nos han vencido su silencio pétreo y sus entrañas trenzadas con la jungla. Nos ha vencido que no sepan que existe el tiempo.

Quiero borrarlos de mí, dormir, respirar sin esta coraza lacerante. Quiero olvidar que ayer, al pasar esa mujer con los pechos descubiertos, me rozó el brazo y sonrió con algo anterior a la malicia. Mejor que admitamos que son superiores antes de perder el juicio. Mañana hemos de volver, regresar a donde todo es sencillo. Ojalá consigamos olvidar estos abismos.

Llueve.

La conquista. Escrito por K, en Warte doch mal

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Una respuesta a La conquista

  1. Pablo dijo:

    Gracias, bro.

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