La fuerza de los sueños

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Kasungu (Malawi), el futuro es muy oscuro. Los niños tienen escrito el destino en la frente: trabajar la tierra, como sus padres y como los padres de sus padres… Con suerte, si la sequía no les aniquila el maíz, los granos de soja o el tabaco, comerán. Si no, se verán obligados a reducir las raciones a una al día y… de forma escasa.

Pero hay jóvenes que no parecen dispuestos a resignarse a ese incierto porvenir. Como William Kankwamba, nacido en 1987, el chico que en mitad de esa oscuridad perpetua quiso emular al gran Thomas Edison e hizo la luz en su pueblo para asombro de los suyos. Lo consiguió casi solo, sin haber visto en su vida un iPod y sin saber lo que era navegar por Internet. Con la imaginación, el sueño y el arrojo que le llevó a construir un invento propio: el molino rudimentario que le ha convertido en el héroe de su barrio y ahora de todo un continente.

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(…) Fue un arranque de rabiosa curiosidad e inconformismo lo que le empujó. Como les suele ocurrir a todos los constructores de sueños. Estaba harto de que en su país no prendieran más que desgracias relacionadas con el hambre y el sida, que afecta a más de un millón de habitantes y ha acabado con la vida de cientos de miles.

No se resignaba, a sus 14 años, a heredar la vida de su padre, que debía mantenerle a él y a sus seis hermanas con los cultivos y la ayuda de unas cabras y unos pollos; pendiente siempre de los partes meteorológicos y la subida del precio de los fertilizantes. William necesitaba hacer algo grande. No en el sentido de los mandatarios de su castigada tierra, que acudían a su comarca en busca de votos con los métodos más rastreros.

Habían salido de una época de terror con un tirano como Kamuzu Banda, que amedrentó Malawi entre 1963 y 1997. Pero a éste le sucedieron otros mucho menos sangrientos pero igual de populistas. Como Bakili Mulufi, quien en plena campaña prometió zapatos para todos. Cuando ganó y le pidieron cuentas respondió: “¿Cómo pensabais que iba a saber el pie que calzáis cada uno?”.

En ese sentido, William Kankwamba no quería destacar. Deseaba hacer algo más útil.

(…) El molino podía convertirse sencillamente en la vida. Otra vida. Pero por el momento no pasaba de ser más que un sueño. Un sueño que sacaría a su pueblo de la pobreza, que multiplicaría su producción, que les haría la existencia más fácil. Un molino era un tesoro. Un molino era la libertad. Dispondrían de luz eléctrica y, lo que es más importante, proporcionaría agua y riego para hacer más llevaderas las épocas de sequía. Así que William, sin dudarlo, decidió algo tan lógico como delirante: construir uno

El País (noticia completa)

Entrevista en TED
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