La paradoja del círculo

La República de Liberia (que significa «La tierra libre») es un país en la costa oeste de África. En su escudo puede leerse “The love of liberty brought us here” o sea, «El amor por la libertad nos trajo aquí». Este lema pone de manifiesto, la paradójica historia de este país, que relata de manera brillante Ryszard Kapuscinski en Ébano:

En 1821, en un lugar que debe de encontrarse en las inmediaciones de mi hotel (Monrovia está situada en la costa atlántica, en una peninsual que se parece a nuestro Hel, en el Báltico) atracó un barco procedente de Norteamérica que traía a bordo un tal Robert Stockton, un agente de la American Colonisation Society. Stockton, encañonando con su pistola una sien del rey Peter, el jefe de la tribu, lo obligó a venderle —a cambio de seis mosquetones y una caja de abalorios— la tierra que la mencionada compañía americana se disponía a poblar con aquellos esclavos de las plantaciones de algodón (principalmente de los esclavos de Virginia, Georgia y Maryland) que habían conseguido el estatus de hombres libres. La compañía de Stockton tenía un carácter liberal y caritativo. Sus activistas creían que la mejor indemnización por las sevicias de la esclavitud consistía en enviar a los antiguos esclavos a la tierra de donde procedían sus antepasados: a África.

Desde aquel momento, año tras año, los barcos fueron trayendo de los EEUU a grupos de esclavos liberados, que fueron instalándose en la zona de la Monrovia de hoy. No constituían una gran comunidad. Cuando en 1847 proclamaron la creación de la República de Liberia, ésta no contaba más de seis mil habitantes. Es posible que su número nunca haya superado una veintena escasa de miles: menos del uno por ciento de la población del país.

Son apasionantes las andanzas y el comportamiento de aquellos colonos (que se llamaban a sí mismos Americo-Liberians, americo-liberianos). Apenas la víspera habian sido unos parias negros, unos esclavos despojados de todo derecho, en las plantaciones de algodón, que cubrían los estados del Sur norteamericano. En su mayoría, no sabían leer ni escribir, como tampoco tenían oficio alguno. Años atrás, sus padres habían sido secuestrados en África, llevados a América, con grilletes y cadenas y vendidos en los mercados de esclavos. Y ahora los descendientes de aquellos infelices, también ellos mismos esclavos negros hasta hacía poco, se veían trasplantados a África, tierra de sus antepasados, a su mundo, y se encontraban entre hermanos de raíces comunes y con el mismo color de piel. Por obra de unos americanos liberales, habían sido traídos hasta allí y abandonados a sí mismos, en manos de un destino incierto. ¿Cómo se comportarían? ¿Qué harían? Pues bien: en contra de las expectativas de sus bienhechores, los recién llegados no besaban la tierra reconquistada ni se lanzaban a los brazos de los habitantes africanos.

Por experiencia propia, aquellos américo-liberianos, no conocían sino un único tipo de sociedad: el de la esclavitud en que habían vivido en los estados del Sur norteamericano. De manera que tras desembarcar, su primer paso en la nueva tierra consistiría en copiar la sociedad conocida, sólo que ahora ellos, los esclavos de ayer, serían los amos y convertirían en esclavos a los miembros de las comunidades del lugar, sobre los que, una vez conquistados, extenderían su dominio.

Liberia no constituye sino la prolongación del orden establecido por el sistema de la servidumbre, impuesto por la voluntad de los propios esclavos, que no desean destruir un sistema injusto, sino lo quieren conservar, desarrollar y usar en provecho de sus intereses personales. Salta a la vista que una mente sometida, envilecida por la experiencia de la esclavitud, una mente —en palabras de Milosz— «nacida en la no libertad, encadenada desde el alumbramiento», no sabe pensar, no sabe imaginarse el mundo libre en el que las personas, todas, también lo fuesen.

(…) Los llegados de América, al no poder distinguirse de los nativos por el color de la piel, su constitución física, intentan demostrar su «otredad», su superioridad, de otra manera. En el clima de calor abrasador y de humedad terrorífica, propio de Liberia, los hombres incluso en días de cada día, visten de frac y con pantalones tipo Spencer, llevan sombrero de hongo y guantes blancos. Las señoras, por lo común, permanecen en sus casas, pero cuando salen a la calle (…), lo hacen ataviadas con rígidas crinolinas, espesas pelucas y sombreros adornados con flores artificiales.

Ryszard Kapuscinski. Ébano

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