Un dia cualquiera

Molinos y gigantes (por Marcos Ferreiro desde Darfur)

23 de mayo de 2008.- El pasado 1 de mayo, Día Mundial del Trabajo, el francés Pascal Marlinge, Jefe de Misión de la ONG Save the Children, fue asesinado en Chad por dos hombres armados, a unos pocos kilómetros de la frontera con Darfur. Uno más, y van… Cada vez que pasa, se hace más presente tu fragilidad, y se despiertan tus propios fantasmas.

Recuerdo algo que sucedió en febrero. Tras una semana muy tensa, dos bandos supuestamente afines acabaron zurrándose de lo lindo. Durante 30 minutos se escucharon las explosiones de los morteros y el silbido de las balas. Los primeros disparos me pillaron en la oficina, en donde permanecí encerrado a cal y canto con una parte del equipo de Médicos Sin Fronteras. Unas treinta personas nos hacinamos en dos cuartos, protegidos por muros y sacos de arena. Afuera, el resto del equipo, unos sesenta, expuestos al fuego cruzado, como el resto del pueblo.

Ambas facciones habían convertido en campo de batalla un mercado lleno de civiles. El uno, usando a la población como escudo humano. El otro, pasando de todo, disparando sin discriminar a quién o adónde. Ponte tú a hablarles de la Convención de Ginebra y el Derecho Internacional Humanitario… Guerra sucia, como todas. Barra libre: total, nadie les va a exigir cuentas.

Tras los tiros, regresa el equipo que estaba en la calle, en buenas condiciones pero muy asustados, describiendo las carreras desesperadas de la multitud, atrapada entre dos fuegos, con explosiones repentinas en la dirección en la que huían que les obligaba a parar en seco y correr sin tino en otro sentido. Más tarde nos llegan rumores de una chica muerta en uno de los campos de desplazados. También llegan media docena de heridos –todos civiles– al hospital de MSF, que no es más que un montón de plásticos, cuerdas, lonetas, palos de caña y tiendas de campaña que hemos instalado en el recinto de un antiguo colegio. Vienen por cuentagotas, pues nadie se atreve a moverse tras el tiroteo. Ya de noche, los cascos azules nos traen a seis más con impactos de bala y metralla.

Han pasado unos cuantos días. La mayoría han sido dados de alta. Sólo quedan un par de mujeres ingresadas, acompañadas por sus madres. Las acompañantes duermen en el suelo, que es una sencilla lona de plástico sobre la tierra. Traen comida, pues en la mayoría de los hospitales africanos no se proporciona alimentos al paciente. Nosotros sí les damos de comer, pero cuesta cambiar el chip y las visitas se convierten siempre en una romería de cacerolas, recipientes metálicos, jarras y olores diversos, un cambalache en el que pacientes y visitantes se intercambian tazas de té y cuencos de asida, una masa cereal compacta y medio cruda, totalmente infumable, que es su dieta básica. Entre sus cuidados y los nuestros, las heridas acabarán cicatrizando. Lo que no se irá tan rápido es el miedo y el dolor que les acompañan día y noche desde hace cinco años, ni los traumas sufridos desde el comienzo del conflicto.

Hoy es día de descanso. Encerrado entre cuatro muros, al sol, en el patio trasero de la casa, intento desconectar leyendo una novela japonesa antítesis de esta realidad. Patio carcelario, muros altos desde donde sólo se ve el cielo. Un cielo sin una triste nube, árido, cargado de electricidad. Una sequedad que te agrieta la piel. Y un sol que quema sin calentar, con un viento incómodo que te hace tragar polvo y sentir el frío invernal. Tos, escalofríos y crisis existencial. Pensando en el combate, se te resquebraja la fe en la acción humanitaria, en el sentido de tu trabajo. Son molinos, no gigantes, aquellos contra los que chocamos. Es todo el sistema el que alimenta y mantiene esta guerra, pues los morteros, los fusiles, los helicópteros de ataque o los aviones de combate no se fabrican en Sudán o en repúblicas bananeras, sino en los mismos países que luego proponen vetos, sanciones o envíos de tropas para pacificar Darfur.

Todo muy descorazonador. Pones en un plato lo que conseguimos a nivel local; en el otro, la desalentadora ausencia de soluciones globales que atajen las raíces del conflicto, el riesgo que asumes y el dolor que causarías a tu gente si te pasase algo. Unos días la balanza se inclina hacia un lado, y otros hacia otro. Filosófico me pongo; tal vez se me esté acabando la mecha. O tal vez sean los mocos. Secos y arenosos, por cierto.

Visto en Cronicas desde África

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